viernes, 11 de septiembre de 2026

Todo iba tan bien

Transitamos tranquilamente, pero los imprevistos
van a aparecer. Foto: BAER vía Meta AI

Irapuato, Gto.-

1. Máquinas caprichosas. La fatalidad nos acompaña agazapándose entre los detalles, no me refiero a un peligro de muerte propia, sino al fin de planes o proyectos, muchas veces antes de que se inicien; hay casos particulares que merecen un relato aparte, por lo pronto, mencionaré situaciones que me pasaron muy de cerca, porque yo fui el protagonista; las máquinas son muy buen ejemplo para iniciar. Mi interés en ellas no es correspondido con el rendimiento que se supone debían tener. No importa su «naturaleza» lo que adquiera, de la forma que sea, parece no tener palabra de honor ni respetar fechas de caducidad, cuando se dignaron a tener una, posiblemente alguien las convenció de que no valía la pena durar para toda la vida o al menos aguantar para ser un regalo para otra generación.

2. Viajes compartidos. Aprendí a la mala que cuando en algo pueden decidir varias personas, es mejor guardar los planes para ocasiones propicias; cuando un objeto queda bajo el resguardo de uno, ya sea por propiedad o por encargo, no hay lugar para echarle la culpa a nadie si la cosa sale mal, sin embargo, cuando el cuidado es comunal, no faltará el que haga un mal uso y se desentienda de componerlo, es lo que pasaba en mi casa cuando mi padre decía que, por ejemplo, un aparato de sonido era para todos. La verdad, yo dejaba de preocuparme por su cuidado y procuraba usarlo lo menos posible puesto que, si de pronto se descomponía, había que esperar a que él lo pagara ya que el causante del desperfecto solía no aparecer, por lo que todos nos quedábamos sin escuchar música.

3. Estancias ajenas. Cuando somos niños, lo último que nos preocupa es el lugar donde vamos a dormir, puesto que eso no está contemplado en nuestra bitácora de viaje, la emoción de las olas o lo empinado de las cuestas serranas bastan y sobran para ocupar todo nuestro espacio mental, al grado de convertirnos en un verdadero fastidio con la clásica pregunta de viaje: «¿ya mero llegamos?»; los trayectos parecen lo de menos, lo que importa es el destino. En cuanto adquirimos conciencia de nuestras necesidades y casi el control total de nuestras rutinas, la cama, el baño y la hora de despertar adquieren una importancia que nunca antes hubiéramos pensado que tendrían y la falta o deficiencia de uno de esos elementos, puede hacer que el viaje se eche a perder.

4. Las primeras citas. Podrán estar de acuerdo conmigo en que, cuando nos citamos con alguna persona que nos importa, ya sea por negocios o por placer, algo se aparece para impedir que el encuentro sea perfecto como un transporte lento, un aparato defectuoso o el olvido de las llaves o la cartera, donde el bochorno será tan grande como la expectativa que se tenga sobre la reunión, por supuesto, aunque la intensidad parezca la misma, no es lo mismo aguardar por la llegada de un negocio que por la de una falda. Tampoco es lo mismo tener cualquiera de esas dos citas a los veinticinco años, a los cuarenta o a los cincuenta y siete, los efectos y las expectativas serán distintas. Lo único que no cambiará es que se aparezcan los imponderables que, generalmente, se agazapan en los detalles. Salud.

Beto.

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