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| Las huellas que vamos dejando suelen ser iguales. Foto: BAER |
1. Ante la naturaleza. No se puede tendría que ser la respuesta corta, así de contundente y precisa, sin embargo, démonos un breve espacio para colocar algunas razones que explicarían porqué es bueno no ser iguales, ni siquiera entre los miembros del mismo sexo; primero que nada, ser diferente no es malo, versa la sabiduría popular que en la variedad está el gusto y si eso aplica para entes simples, con mayor razón para los complejos como el ser humano. Las diferencias en los colores, los tamaños, las formas y los movimientos, hacen de cada individuo sujeto de admiración por lo que cabría preguntarnos, ¿qué sentido tiene aspirar a ver cuerpos iguales si el atractivo natural de la humanidad se encuentra en la diversidad, bueno, ni siquiera el ejercicio garantiza la uniformación de torsos, brazos ni piernas.
2. Ante la ley. No debería significarnos esfuerzo alguno puesto que la igualdad está garantizada en la constitución, sin embargo, cada día tenemos que luchar para que el trato ante las autoridades sea el mismo para todos, lo cual se cumple a medias; por rachas, el trato en las oficinas a cargo del gobierno se vuelve muy humano, por desgracia, esas rachas tienen fecha de caducidad que se manifiesta en los cambios de administración. En realidad, más que el trato, lo que nos importa es que los trámites no sean engorrosos, que es ahí en donde las diferencias pesan en realidad. Debo decir que las cosas no se manejan como antes, pero la corrupción no ha desaparecido del todo y todavía la rapidez se mide con el tamaño del billete con el que se anima a la autoridad a actuar.
3. Cuestión de voluntad. Seremos iguales cuando lo queramos así, cuando entendamos que las diferencias son cosméticas en realidad, desde un punto de vista conceptual, al igual que el pretender que no existen en lo físico; ni en ello ni en lo laboral deberían molestarnos, porque en las diferencias basamos nuestra riqueza cultural, sin embargo, en lo legal, no deberían tomarse en serio, puesto que todos los seres humanos tenemos la misma valía por el hecho (no tan simple) de existir. Si la belleza está en los ojos de quien la mira, la igualdad también, quizás ambos conceptos estén ligados o hermanados en el sentido de que ambos complementan la parte subjetiva del arte, pues sólo unos ojos expertos en desvelar la estética de cualquier objeto o persona, son capaces de atravesar sus obstáculos.
4. Aceptación de las diferencias. Aceptar a otros requiere de aceptarnos a nosotros mismos porque ni aunque tuviéramos un gemelo seríamos totalmente iguales; las diferencias en medidas, colores, formas y maneras intangibles de expresión nos hacen únicos y, por lo mismo, obligados a aceptar y arropar a la unicidad de los demás. Pareciera rebuscado, lo que nos hace iguales es lo diferentes que somos, sin embargo, al observar detenidamente las fisonomías y comportamientos ajenos, nos damos cuenta de que eso que identificamos como coincidencias, es la manifestación de que los demás tienen en su interior una parte que podría ser, sin problemas, nuestra. Tenemos las mismas partes en diferentes formatos, hay gustos semejantes y las tendencias nos unen y, con todo, seguimos siendo diferentes. Salud.
Beto.

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