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| Con los emoticones ni nos metamos. Foto: BAER vía Meta AI |
1. El ambiguo panorama. Hay expresiones (la mayoría) que adoptamos porque refuerzan las poses que adoptamos para parecer sofisticados e interesantes, las más recientes son «literalmente» y «como»; lo noté porque antaño, también yo sucumbía a la costumbre irracional de repetir palabras nada más porque sonaban bien, sin cuestionarlas, hasta que hizo su aparición «al cuadrado», usada cuando suponíamos que nos afectaba al doble, por ejemplo, si afirmábamos que un personaje era una mala persona, nuestro interlocutor afirmaba «al cuadrado», pero si era una, quedaría igual porque uno al cuadrado es uno. El equivalente actual parece ser «por dos» aunque no se usa de la misma manera, sino para indicar que alguien se suma a la molestia.
2. Como que sí. De arranque, la palabra «como» es un comparativo de algo que se parece a otra cosa, pero que no lo es, si se le agrega a una afirmación, estaremos diciendo que lo señalado no llega a ser lo que pretende, es decir, se parecerá pero no reúne todos los elementos. Así cuando decimos para «Alfredo, Juan es como su hermano» damos a entender que, por mucho que se estimen entre sí y su trato sea muy cercano, realmente no tienen ese parentesco. En modo negativo funciona igual: «a pesar del insulto, no es como que lo vaya a citar a los tribunales»; pero la expresión también cayó en las garras de una moda que no se ha dado el tiempo de encontrar una razón válida para su uso.
3. Temer a la contundencia. Evitamos ser tajantes porque nos parece agresivo terminar una plática o una discusión sin dar oportunidad al otro de explicar su comportamiento aunque, por lo general, no quedamos satisfechos con las razones que obtenemos, quizá porque tampoco somos capaces de argumentar coherentemente ante cualquier discusión; tampoco somos dados a diferenciar a esta última de una pelea, a pesar de saber que los argumentos no son iguales a las sentencias. Entonces no tomamos riesgos, por mínimos que éstos sean y así todo es como un trabajo (pero no lo es), como rápido (pero entonces es lento) como muy difícil (pero es fácil) quitando, posiblemente sin darnos cuenta, toda validez a nuestras afirmaciones.
4. Hora de ser concretos. Llamar a las cosas por su nombre siempre ha sido la mejor manera de dejar claros nuestros pensamientos; más allá del perfeccionismo o el puritanismo en los lenguajes, creo que ya ha sido suficiente el retorcerlos para dar un doble o triple significado a todo lo que decimos (y siempre es de corte sexual), ya también, el entrecortar frases y oraciones por querer vernos actualizados-vintage o utilizar palabras con un significado totalmente distinto u opuesto al que suponemos que tienen. La falta de lectura, la tendencia a no averiguar y un acendrado «ahí se va» nos ha traído hasta aquí, con tantas faltas en la redacción que se han visto multiplicadas por el uso irracional de la mensajería electrónica. Salud.
Beto.

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