viernes, 29 de mayo de 2026

La tentación de vernos la cara

Los bromistas no suelen durar mucho.
Foto: BAER vía Meta AI

Irapuato, Gto.-

1. Como broma, pasa. Hay costumbres que sirven para entender cómo piensa una sociedad, lo cual nos permite adentrarnos en sus dinámicas y ser partícipes de buen modo, está el ejemplo del día de los inocentes en el que, aprovechándonos de un descuido, alguno puede quedarse sin una prenda o accesorio de nuestro agrado. Está también la llamada novatada, con la que suponemos que pagamos el derecho de pertenecer a una asociación; en cualquier caso, una tomadura de pelo nos sirve para saber si estamos dispuestos a seguir las costumbres del grupo al que aspiramos pertenecer. Una vez adentro, será cada vez menos complicado saber cuándo una afirmación es en serio o es broma y el peso de cada una para poner límites.

2. El desquite como arte. Ojalá nunca se acabe la bonita costumbre de tomar revancha pues de que se cultive, depende la sobrevivencia de aquellos a los que les gusta el chisme o amarrar navajas; en una «cultura del disimulo», la indirecta va a servir como el arma principal para provocar la desestabilización de quienes concebimos como contrincantes o, en el peor de los casos, como enemigos. Uno de los resultados de tomar partido o formar una logia, es ver al otro como obstáculo para el propio desarrollo, por lo que no queda más que acabar con él, peor aún si este pensamiento se da en un contexto de agresión virtual o fáctica, en el que «el honor» está de por medio, lo que se convierte en una carga permanente que trasciende generaciones.

3. Cuando se vuelve costumbre. Suponemos ser un pueblo gracioso y alegre (algunos de verdad lo creen) porque tenemos a la broma como moneda de cambio y al chiste como modus vivendi, lo que hace suponer a quienes no nos conocen, que todos aspiramos a ser comediantes. Luego está el intento diario de hacernos caer en algún tipo de engaño, algo que hemos institucionalizado y tratamos de justificas con afirmaciones como «así somos los mexicanos» o «así es el fútbol», sólo por citar algunas. En nuestra realidad, normalizada con pretextos, todos sabemos que en un muy importante porcentaje, nuestras afirmaciones carecen de sustento, pero nada decimos y nos quejamos como si esas situaciones no tuvieran remedio.

4. De parte del gobierno, no es gracioso. Nunca hemos visto con buenos ojos que un subordinado intente vernos la cara; y sí, aunque parezca raro o contradictorio, los grupos gubernamentales están subordinados a la voluntad popular, lo que significa que, desde la persona de la limpieza en los edificios oficiales hasta el presidente de la República, son nuestros empleados. Nos hemos tragado el cuento de que ellos son los que mandan, lo cual tiene remedio simplemente si pensamos de dónde sacan el dinero para funcionar y obtener sus sueldos, ¡claro! De lo que nosotros producimos y si mal no recuerdo, el que paga, manda. Debemos reaccionar ante tanta falta de respeto y dejar de permitir tanto abuso de unos simples codiciosos. Salud.

Beto.

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