viernes, 19 de junio de 2026

Las discusiones teológicas

No importa la época, tenemos el mismo esquema
de pensamiento. Foto: BAER vía Meta AI

Irapuato, Gto.-

1. Sin concilios. Ni Nicea, Trento o el Vaticano imaginaron que sus convenciones iban a ser temas cotidianos entre personas que nada tienen que ver y ni siquiera presentan contacto directo alguno, que su medio de difusión estaría supeditado al capricho de un algoritmo que, sin razón aparente (salvo la costumbre de consumo) establecería qué debía ver cada audio escucha o video espectador, mucho menos que éstos irían de un lado a otro en un espectro de raciocinio entre el fanatismo y la liberalidad, porque sí, también los fanáticos tienen razones para tratar de imponer una verdad que suponen poseer, mientras que los librepensadores luchan por establecer que presumir la verdad, es caer en la más profunda oscuridad, lo que es imperioso erradicar.

2. Extremos que suponen tocarse. No lo sé de cierto para los científicos (porque hasta donde entiendo, la ciencia no se dedica a estudiar lo paranormal ni nada que se le parezca), pero para la parte religiosa se ha vuelto muy importante en los últimos tiempos, el «comprobar científicamente» que los milagros existen, para lo cual se han valido incluso de los medios de difusión masiva como la televisión, pero sin terminar con verdaderas conclusiones en esos asuntos; la mecánica argumental es muy sencilla, escogen fenómenos que supuestamente no han sido explicados (y que generalmente sucedieron en la antigüedad), realizan una serie de cuestionamientos que parecen científicos pero que no buscan pruebas y terminan dejando todo al criterio del público.

3. Lo humano es lo que conocemos. La sorpresa que los primeros pobladores racionales de este mundo debieron sentir al enfrentar los fenómenos naturales y su necesidad de explicación, seguramente fue descomunal y superior a sus fuerzas, lo que trajo un sobrecogimiento que buscó alivio en explicaciones de la misma naturaleza y envergadura de sus miedos. Pero no creo que este último sea el único o el más importante detonador de la creación de los dioses, sino precisamente la necesidad de entender qué es lo que sucede en el entorno y con nosotros mismos, pues no hay nada más edificante y tranquilizador que encontrar una razón lógica sobre aquello que nos compete, mucho más que la promesa de un futuro sin sufrimientos.

4. Aspiración a lo divino. Es cierto, tampoco conocemos todo lo relacionado a los etes humanos como para considerarnos plenos, quizá sea por eso que aspiramos a la aprobación de un ser divino y, a la larga, a ser uno con él; pero las trabas que nos ponemos no facilitan las cosas y quizá sean esas mismas las que provoquen que haya tanta maldad. Porque, pensemos por un momento, ¿qué sentido tiene portarnos bien si de todos modos no vale para entrar al reino de los cielos de forma directa? No, tenían que inventarse un purgatorio; por otro lado, ¿de verdad vale lo mismo la vida de narco traficantes, corruptos y asesinos que la de una persona honesta? Sinceramente un arrepentimiento en el lecho de muerte parece poca cosa. Salud.

Beto.

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