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| Cronos mirándote afirmar que no te alcanza el tiempo. Foto: BAER |
1. El yugo de cronos. Si no tuviéramos la referencia horaria, quizá veríamos la vida pasar sin más, teniendo a la contemplación activa como principal medio de crecimiento espiritual; no se me confundan ni se me espanten que no se trata de una arenga religiosa para que se arrepientan de sus pecados, sino de entender la fórmula cadi mágica de apreciar lo que hacemos a diario en su justo valor; nos organizamos con base en esquemas que delinean la frecuencia y la duración de los eventos a atender, los cuales si les damos más importancia que la que tienen (como suele suceder), nos crean un cerco del cual tampoco encontramos cómo zafarnos; el tiempo también nos ha servido para pretextar falta del mismo para realizar todo lo que tenemos que hacer como si no supiéramos que lo administramos mal.
2. Cubrir nuestras horas. Este concepto no se refiere solamente a estar presenta durante el tiempo estipulado en un contrato, sino al nivel de productividad que mostremos en él; si somos operarios, cuántas piezas logramos ensamblar, si somos administrativos, cuántos problemas logramos resolver, si somos creativos, cuántos proyectos logramos implementar, pero como dirían los japoneses, sin llevarnos trabajo a casa, ya que si no logramos cubrir lo que toca en ocho horas, no estamos aprovechando el tiempo. Supuestamente los horarios están diseñados para que rindamos lo mejor que podamos si llegar a extenuarnos, pero también pareciera que las empresas, en aras de obtener más ganancias, toman para sí trabajos que superan sus capacidades y luego tratan de compensar con discursos sobre ponerse la camiseta.
3. Puntualidad para salir. En buena parte de los empleos hay dos versiones sobre el incumplimiento de los horarios, el de los empleados de confianza que aseguran tener una hora de entrada, pero no una de salida y la de las empleadas domésticas, que es todo lo contrario; en nuestro país, las ocho horas son relativas porque aunque tuviéramos bien establecidas las entradas y las salidas, no faltarían los imponderables que las cambiarían así como a las horas intermedias, ya que nos distinguimos por nunca asegurar nada, por lo que se pueda ofrecer. En todo caso, solemos ser impuntuales porque planeamos hacer muchas cosas al día, pero el problema no está en la cantidad sino que, al intentarlo, no tomamos en cuenta el tiempo que nos llevará hacerlas, más el de los traslados, es ahí donde perdemos.
4. Hacer como que se hace. Ser puntual también tiene que ver con realizar el trabajo en forma porque, no por terminar rápido, haremos cochinadas; para alguien acostumbrado a ciertas tareas, el administrar su tiempo es cosa de niños, como si su rutina consistiera en sólo dejar que las cosas pasen. Lo contrario también suele suceder, dejar que las cosas no pasen, muy dado en las administraciones públicas cuando se trata de esclarecer delitos y de señalar a los culpables involucrados en ellos, tampoco parecen muy duchos cuando de aplicar las leyes o de mantener seguras las calles se trata, como deshacerse de baches, tener en buenas condiciones el alumbrado público o dar mantenimiento a las redes de agua potable, electricidad y drenaje; y hacer como que se hace se convierte en nuestro sello laboral. Salud.
Beto.

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