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| «Ni se asombren, todos deberían ser como yo». Foto: BAER |
1. Inclusión forzada. A muchos, desde niños, nos caía muy gordo que nos impusieran a un hermano, a un vecinito o al hijo de la amiga de mamá para que jugara con nosotros sin previo aviso, peor se ponía la cosa si en la obligación iba implícita la sugerencia de cuidarlo porque se trataba de alguien vulnerable y no nos hagamos, la compasión y la empatía no son sentimientos que se arraiguen en nosotros hasta muy pasada la adolescencia. Como lo he afirmado en varias ocasiones, nuestro país está conformado por un gran mosaico de sociedades adolescentes a las que las imposiciones les puede tomar por sorpresa, pero que de ninguna manera las toleran ni mucho menos, terminan por aceptar.
2. Nadie los pelaba, por ignorancia. Cierto es que ignorábamos e ignoramos aún las condiciones en las que viven las minorías, como ahora les hemos dado en llamar genéricamente, dejamos que se nos juntara el trabajo hasta que nos explotó en las manos; dado que no hemos aprendido a dialogar, la reacción a todas las manifestaciones que han aparecido, ha estado impregnada de represión, en mayor o menor medida y el rechazo a todo formato que se salga del nuestro. trataré de ejemplificarlo; todos sabemos que en una competencia deportiva está mal visto y prohibido doparse, a quien se le descubre, se le expulsa de toda competición organizada y hay que gastar recursos en vigilar a cuanto atleta participa en cada deporte, lo cual es muy desgastante, pero ¿qué tal si en lugar de vigilarlos les hacemos su propias competencias?
3. Pocos los pelan, por incertidumbre. Hemos pasado ya por muchos discursos a favor y en contra de las comunidades de las muchas letras, la sensación que han dejado ha hecho que las formas cambien, sin embargo, los fondos parecen seguir intactos porque si bien, ya no escuchamos muchas expresiones en su contra, sí hay quejas de no poder hacerlo, lo que nos da pie a pensar que tal aceptación que buscan, aún no se da del todo. Tal es lo anterior que las manifestaciones de lo que llaman orgullo, siguen dándose año con año y lo que se nota como cambio, es una especie de disimulo con el que se pretende justificar esta situación tan ambigua como incómoda. No todos tenemos sus anteojos y menos su graduación.
4. Nadie los pelará, por oposición. No seremos nosotros, la maldita mayoría, quienes nos opongamos a su expresión, simplemente haremos caso de aquello que nos llame la atención y consideremos productivo, lo que nos deje una enseñanza y que nos haga sentir bien; lo que nos haga a un lado, lo que consideremos de uso exclusivo de las minorías y en lo que no tengamos ninguna necesidad de meternos, en otras palabras, lo que podamos compartir como el arte entendible será aceptado como parte del patrimonio cultural de la nación, lo que no pase ese filtro como los desfiles estrafalarios y los pseudo lenguajes inclusivos, ni siquiera serán motivo de mofa. No fue decisión nuestra, ya que tratamos de jugar de acuerdo a las reglas como las conocimos, a los inconformes les toca hacer su universo aparte. Salud.
Beto.

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