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| Muere al último, a veces después de uno. Foto: BAER vía Meta AI. |
1. Mujer difícil. Como nombre femenino resulta cantarino y atractivo para cuando nos sentimos medio apagados en nuestras tareas diarias, sin embargo, la idea o la mujer que lo portan, difícilmente serán un ente sencillo, llegará furtivamente y casi de la nada, decidirá quedarse. Su estadía de un sentido evidente, pero se verá tan normal que nadie pondrá objeción alguna; le esperanza, ésta ya como idea nada más, es lo último que muere. ¿Qué la genera? ¿Qué la mantiene? ¿Por qué, a pesar de sabernos perdidos, sigue presente? Caprichosa lo es, por supuesto, pues su presencia es perenne, pero no se involucra con el resultado de los acontecimientos, sólo brinda consuelo a una prudente distancia y su muerte (por lo general) significa la muerte del esperanzado.
2. Abandono consuetudinario. No hay terceros en la relación con uno mismo y cuando nos sentimos abandonados, normalmente es porque quien se aleja de todo somos nosotros; hay en algunas etapas de nuestra existencia en que la soledad parece atractiva e inevitable el dejar de lado contactos que, con anterioridad, eran muy cercanos. Los pretextos pueden ser muy variados, pero los más socorridos son la falta de tiempo y las múltiples ocupaciones ineludibles; y no es que eso sea mentira, pero lo cierto es que posiblemente estemos poco dispuestos a hacernos tiempo para retomar esas relaciones o quizá consideremos que haya poco que compartir después de que ha pasado el tiempo o que se haya dicho todo entre las partes.
3. Sobredosis de barbitúricos. Requerimos de mantenernos calmados, probamos con cuanto remedio casero y medicamento de patente que tenemos a la mano para lograrlo y lo único que obtenemos es aplicarle más presión a esta olla en que hemos convertido al país; al tiempo en que vamos tomando responsabilidades y las presiones subsecuentes, vamos inventándonos los calmantes que nos mantenían, a veces, poco cuerdos pero funcionales. La normalidad a la que estamos acostumbrados nos provee de una sensación de seguridad a la que nos es difícil renunciar, no nada más porque tengamos miedo, sino también porque no vemos más alternativas a la realidad que nos rodea, producto de la ignorancia sistemática por sobre información.
4. Deceso, no descanso. «Ya descansaré cuando me muera» se oye a algunos que parecen disfrutar el estar ocupados, adictos al trabajo por lo general, sin embargo, una esperanza muerta no descansa, se vuelve una carga muy pesada en la que va de por medio la pérdida de la confianza. Doña Esperanza será la última que muera, pero no es eterna, se mantiene con pies y manos aferrada a cambios que difícilmente se dan; desesperanzarse es la pérdida de sentido, puede ponernos al borde del suicidio material o intelectual. Lo afectivo es el condimento que da cuerpo a lo que hacemos, pero no apunta hacia el ser útil como los otros dos y si eso falta, ya no hay caso de seguir existiendo, por lo que al tener un propósito, la esperanza renace cual ave fénix. Salud.
Beto.

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