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| No hay nada más molesto que las tertulias a la hora de la salida. Foto: BAER vía Meta AI |
1. La comodidad. Mi primer contacto con la primaria no podía ser más prometedor, entrar a clases era de lo más cómodo puesto que nada más tenía que cruzar la calle Municipio Libre en la colonia Portales para entrar por la puerta de la escuela Carlos A. Carrillo; la calle de Antillas, transversal a la ya mencionada Municipio Libre, era paralela a la calzada de Tlalpan, lo que significaba el tener el ruido de los automóviles todo el día, por lo que no me representaba ninguna novedad que hubiera tantas unidades estacionadas en la cuadra y como nunca, en casi dos años y medio que vivimos allí, fui consciente del uso de la cochera comunal del edificio, pues mi atención estaba dedicada a pasar sin que fueran a atropellarme.
2. La molestia. La perspectiva cambia en cuanto un carro propio está involucrado en la obstaculización de su entrada a la cochera; me he preguntado en diferentes ocasiones por qué algunos mexicanos sienten que las reglas se les aplican unas veces sí y otras no, cómo es que suponen que cada quien es libre de interpretar la ley según sus necesidades, que donde dice «prohibido» se toma como «a veces», que la libertad es propiedad personal o que «sólo yo tengo el libre paso en la calle», como sucede con algunos padres de familia de la escuela Constituyentes de 1857. De nada sirven las señales de no estacionarse en banquetas y cocheras cuando hacen su aparición los necios que se creen con derecho a todo, posiblemente se suponen pitonisos que adivinan cuándo y a qué hora se usan o debe encantarles que tengamos que verles la cara.
3. Agradezco que no haya vespertina. Imagino que alguien pensante se dio cuenta del problema en el que nos meterían las autoridades educativas si se inventaran la «necesidad» de crear un turno vespertino en las primarias de la colonia, siguiendo el precepto de que «una vez es gracia...»; quiero pensarlo así porque las otras variables no son muy agradables que digamos, menos cuando imagino el estar escuchando el griterío de niños en sus clases de educación física, en el recreo y en sus ensayos de los festivales por todo el día, eso sin contar con los embotellamientos a la hora de la salida. De cualquier manera, esa iniciativa no ha surgido, por lo que toda la algarabía se presenta sólo en las mañanas y no hay peligro de que, a pesar de la escases, se abra otro turno en la tarde.
4. El mismo chiquillo gritón. De las muchas «delicias» que los vecinos de la cuadra entre las calles de Mercurio y Venus podemos «disfrutar», es la siempre cantarina voz del chiquillo que se la pasa gritando con su tono tipludo que taladra nuestros tímpanos año tras año. A veces he pensado que a la administración le impusieron como condición el encontrar al gritón de cada ciclo escolar para que pareciera que nunca se hubiera ido. El panorama, para los que vivimos aquí, no parece que vaya a cambiar en el mediano o el largo plazos y, para lo que un día fue planeado para ser un jardín, seguirá la condena de ser una molestia, por mucho que sea considerada una de las mejores escuelas del municipio. Salud.
Beto.

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